
Viaje por el Caribe
La aventura marinera imaginada para los habitantes del Fuerte de Natividad fue llevada a cabo sin ningún problema por los barcos de Colón ya durante su primer viaje. El Almirante recorrió la costa norte de “Juana” (pues así bautizó a la isla de Cuba) hacia el oeste, pero el mal tiempo de invierno, en donde los vientos del norte empujaban a las naves contra los bajíos y dificultaba la navegación a vela, lo obligó a retroceder y a explorar hacia el este, “descubriendo” así la isla “Hispaniola” (Haití, actual Santo Domingo). En ese primer viaje, el Almirante jamás terminó de creer que Cuba fuese una isla: su extensión lo empujaba a pensar que se trataba de tierra firme. Sin embargo, en las sucesivas expediciones, y a pesar de mantener su postura, los marineros y gentes expertas en geografía comprendieron que se trataba de territorio insular.
El recorrido planteado para los navegantes de esta novela incluye el cruce del actual Paso del Viento (unos 50 kms. o 28 millas náuticas) -que separa las islas de Santo Domingo y Cuba- y el recorrido por la extensa costa norte de esta última ínsula, que cuenta con numerosos y variados paisajes naturales: desde las playas de arena a humedales y pantanos, pasando por manglares (que ocupan un altísimo porcentaje de las costas del archipiélago cubano y son su más importante formación vegetal), hasta lagunas costeras, arrecifes y cayos coralinos y litoral rocoso. Se trata de una travesía de aproximadamente 1500 kms. (850 millas náuticas) de recorrido, sorteando las innumerables islas e islotes que componen los laberínticos archipiélagos de Camagüey y Sabana, y zonas de pantanales como las presentes cerca de la península de Guanahacabibes, en el extremo occidental de la isla. Similares características ecológicas están presentes en las costas de Yucatán y en otras áreas del Caribe.
El cruce del brazo de agua que separa dicha península de las costas de Yucatán (unos 180 kms. o 100 millas náuticas) sin ayuda de velas (o de viento que las impulsara), y sólo empleando las corrientes, fue una peripecia llevada a cabo, históricamente y sin ninguna intención, por un funcionario español apellidado Valdivia, que salió en 1511 del Darién (costa caribeña de Panamá) en una carabela con destino a Santo Domingo (Hispaniola). Cerca de Jamaica, la carabela encalló en los Bajos de las Víboras y se hundió. Valdivia y 18 marineros se salvaron, y continuaron la navegación, en un bote sin velas y sin víveres. Las fuertes corrientes en esas aguas (Corriente de Yucatán) los devolvieron a las costas centroamericanas -tras 14 días de infierno y 7 hombres muertos- pero mucho más al norte de su punto de partida, en el ángulo nordeste de la península de Yucatán, probablemente frente a las costas de la provincia maya de Ekab. Sus aventuras, a partir de ese momento, fueron épicas (incluyendo españoles sacrificados ante deidades mayas) y marcaron el descubrimiento de esa península, la cual, por cierto, fue bautizada como “Yucatán” por Hernández de Córdoba, en 1521; algunas teorías dicen que el nombre procede de la deformación de las palabras maya-yucatecas que significarían “habláis con mucha rapidez. No comprendemos vuestro lenguaje”. Aunque, definitivamente, hay otras teorías...
Con elementos apropiados, y contando con algunas barricas de agua dulce, los marineros podrían haber sobrevivido -de no llevar alimentos- merced a la pesca. El propio Colón señala, en su Cuaderno de Navegación, que sus marineros, ante la escasez de provisiones durante el viaje de retorno (llevaban algunas vituallas locales, como cazabe o pan de yuca y algo de caza, obtenidas del cacique Guacanagarí) pescaron toninas y tiburones, tortugas marinas del tamaño de un escudo grande y algunos manatíes, curiosos mamíferos acuáticos que han dado origen a multitud de leyendas entre las poblaciones indígenas de las Américas, y que en un primer momento, y debido a algunos de sus comportamientos, fueron tomados por los hispanos por “sirenas”.
Vínculos externos
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